lunes, 11 de junio de 2012

Hacer hablar a las heridas



Si vemos las cosas desde un punto de vista más abstracto y quizás más dinámico, nos daríamos cuenta de que muchas veces somos incomprendido hasta por nosotros mismos, ya sea por cualquier actuación o reacción. La aptitud puede ser relativa.
Realmente nos sentimos listos para enfrentar a lo que en un momento nos hirió tanto y ser capaces de decirle: “Estoy dispuesto a superarte y en vez de verte como algo que nunca pudo ser, quiero verte como algo que fue lo suficiente.”
Es mucho más que un quizás me sienta mejor, es sentir que somos capaces de saber curarnos a nosotros mismos sin necesitar que otra cosa o persona sirva de gasa. 

Hace mucho tiempo atrás vivía un niño llamado Felipe, él nació en un pueblo rodeado de guerras, pero no guerras entre reinos, sino guerras entre simples vecinos y hasta entre sus propios padres. A raíz de ello Felipe quedó mudo hasta sus 14 años, si, él quedo mudo de miedo. No podía hablar aunque lo intentara, su voz simplemente se había ido, no supo cómo recuperarla pero escuchaba diariamente tantos gritos afuera y dentro de su casa que su mudez lo tranquilizaba. 

Todo en el pueblo era un desastre, todos se odiaban entre sí, no podía creer que eso fuese normal…Felipe menos deseaba hablar aunque sus padres lo quisieran obligar. A la vez el niño tenía miedo de que si hablaba, su voz se convertiría en un grito más entre la multitud, eso lo aterraba y sentía que se decepcionaría de él mismo. 

No encontraba otro lugar donde estuviese en paz  que no fuera en el borde de un acantilado que se encontraba a las afueras del pueblo, que normalmente se encontraba completamente desolado, le encantaba relajarse entre el sonido de la brisa y el silencio de la soledad. 
Un día como otros todos en el pueblo se reprochaban e insultaban, los hombres se golpeaban e insultaban hasta llegar a estados graves.

 Felipe decidió  correr hacia su acantilado y con lagrimas en los ojos abrió los labios, sintiendo como un enorme poder retumbaba contra su garganta hasta revelarse gritando con todas sus fuerzas:

“¡Ya no lo soporto más! Por favor…estoy harto de las peleas, de que todo sea una discusión y que cada vez despreciemos más a nuestro prójimo. ¿Cómo puedo amar a mi familia o amar a mi propia vida si solo escucho gritos sin razón ni sentido? Quisiera que todos por un momento se quedaran mudos al igual que yo, quizás de esa manera todos pudiesen ponerse en mi lugar y comprender que existe algo más que la rabia y el rencor. Resolver nos permite avanzar.”

Felipe simplemente cayó sobres sus rodillas en llanto mientras que aquel acantilado se  tragaba todos sus lamentos y heridas. 

PD: Es importante curar las heridas ya que estas se pueden convertir en cicatrices. Cuando no resolvemos los sentimientos, estos reposan en el tiempo y en los momentos de desesperación todo el dolor que fue reprimido se multiplica y lastima con más fuerza. 
Así que respira, déjalo ir y disfruta del camino. 

1 comentario:

  1. Creo que esto es algo con lo que muchos podemos identificarnos, y me incluyo. A veces es difícil exteriorizar las cosas que nos duelen o molestan por muchos motivos, pero es importante poder sacarlos para eliminar esas heridas; bueno, como dice el título, hay que hacerlas hablar :)

    Es genial el detalle de que una parte tienda a ser como un monólogo (como una especie de introducción/prólogo) y que luego venga la historia como tal. Lo que busco siempre en una lectura es que me haga imaginarme los eventos o que toque algún punto (puede ser personal) que me genere alguna emoción. Esta vez obtuve ambos.

    Para no alargarme mucho: genial :)

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